Datazos
7/01/2026 16:09
El plan secreto del cruce de los Andes
Órdenes reservadas, banderas mal juradas y una partida que comenzó antes de lo que nos contaronPor Carlos Campana
Durante décadas, una parte de la historiografía argentina repitió un relato rígido, casi dogmático, sobre el cruce de los Andes. Cualquier pieza documental inédita era descartada sin análisis. Inclusive hace pocos años, un militar y aficionado a la historia llegó a negar estos nuevos aportes históricos descalificándonos como "chatarreros de la historia", sin advertir que aquello que despreciaba eran una gran cantidad de documentos oficiales, conservados en archivos públicos del país y del extranjero, que por supuesto nunca consultó.
Pero estas notas, lejos de disminuir la figura de José de San Martín, permiten comprenderla mejor. Revelan una campaña planificada desde el poder central, discutida, resistida y finalmente ejecutada con una precisión admirable. Tres momentos resultan claves para entenderlo y pulverizar el mito sanmartiniano que ronda desde hace más de cien años: las órdenes reservadas del Directorio, la ceremonia del 5 de enero de 1817 y el verdadero inicio del cruce de los Andes, el 9 de enero.
Las órdenes reservadas: cuando el plan salió de Buenos Aires
Tras la declaración de la independencia el 9 de julio de 1816, el gobierno de las Provincias Unidas del Sud enfrentaba un panorama delicado. Escaseaban los recursos, persistían los conflictos internos y el poder realista seguía siendo fuerte en Chile y, sobre todo, en el Perú. La idea de llevar la guerra al otro lado de la cordillera no generaba consenso dentro del Directorio. Por el contrario, despertaba desconfianza y temor que incluía también al Libertador.
Ese contexto explica el carácter estrictamente secreto de las instrucciones que el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón decidió enviar al entonces Capitán General José de San Martín, jefe del Ejército de los Andes. No se trataba de una carta política ni de simples sugerencias estratégicas, sino de un documento formal de 16 fojas y 59 artículos, divididos en tres ramas: guerra, gobierno y hacienda.
Redactadas por Pueyrredón junto al ministro de Guerra Juan Florencio Terrada, el secretario Vicente López y Planes y el ministro de Hacienda José Domingo Trillo, estas instrucciones fijaban con claridad qué debía hacerse, cómo y con qué límites. El plan no nacía en Mendoza: se ejecutaba allí.
En el ramo de guerra, las órdenes establecían que el objetivo central era la consolidación de la independencia sudamericana y la liberación de Chile, descartando cualquier idea de conquista u ocupación permanente. Esa premisa debía ser difundida mediante proclamas, confidentes y agentes secretos. El ejército debía inspirar confianza, evitar saqueos y mantener una conducta ejemplar.
Uno de los aspectos más reveladores era la recomendación expresa de evitar combates innecesarios, privilegiando la guerra de recursos y desgaste. La fuerza proveniente de las Provincias Unidas debía conservarse intacta y no dispersarse en acciones menores. El combate decisivo solo debía darse cuando las condiciones fueran favorables.
Las instrucciones también ordenaban mantener una línea permanente de comunicación con Mendoza, construir fortificaciones de campaña, proteger los depósitos de guerra y utilizar activamente el espionaje para fomentar la deserción entre las tropas realistas, compuestas en gran parte por americanos.
En el plano político, el Directorio advertía sobre el riesgo de una guerra civil en Chile tras la victoria. Carreristas y larrainistas dividían el escenario, y cualquier paso en falso podía echar por tierra la campaña. Por ello, se ordenaba respetar costumbres, religión y jerarquías sociales, captar al clero -especialmente a los curas párrocos- y garantizar que el gobierno del país liberado fuera ejercido por un ciudadano chileno, no por autoridades de Buenos Aires.
En materia económica, las órdenes eran contundentes: Chile debía reembolsar a las Provincias Unidas dos millones de pesos por los gastos de la campaña, pagaderos anualmente en la Tesorería de Mendoza. La libertad, dejaban claro, también tenía un costo. Con estas instrucciones en mano, San Martín ya no actuaba por intuición ni iniciativa personal. Actuaba como ejecutor de un plan cuidadosamente diseñado.
Diciembre de 1816: la llegada del correo extraordinario
A fines de diciembre de 1816, un correo extraordinario partió desde Buenos Aires rumbo a Mendoza. En plena siesta mendocina, el jinete llegó al edificio del correo junto a la Plaza Mayor. Traía una valija de cuero cargada de documentos "reservadísimos".
El administrador del correo, Juan de la Cruz Vargas -amigo personal de San Martín- comprendió de inmediato la importancia del envío y decidió llevarlo él mismo hasta el campo de instrucción del Ejército de los Andes. En su cuartel general, San Martín abrió los sobres y leyó detenidamente cada foja. Desde ese momento, la campaña dejó de ser una aspiración para convertirse en una orden oficial del Estado revolucionario.
5 de enero: la ceremonia y el mito
Pocos días después, Mendoza fue escenario de una ceremonia que la historiografía tradicional deformó durante más de un siglo. El domingo 5 de enero de 1817, las tropas del Ejército de los Andes se concentraron en la calle de la Cañada -actual Ituzaingó- entre el templo de la Iglesia Matriz y el convento de San Francisco.
Lejos de tratarse de un acto improvisado o de una iniciativa personal del jefe del Ejército de los Andes, la ceremonia estaba prevista en las ordenanzas militares para la creación y salida en campaña de un ejército regular. El propio Capitán General había comunicado al gobernador intendente de Cuyo, brigadier Toribio de Luzuriaga, la realización del acto, y este emitió el correspondiente bando convocando a la población.
Las casas fueron blanqueadas, adornadas con gallardetes, y se levantaron arcos florales. Las campanas repicaron en todos los templos. En la Iglesia Matriz se bendijo la bandera nacional, creada por decreto del Congreso de Tucumán en octubre de 1816. Este punto es fundamental: no se juró la bandera de los Andes, como se afirmó erróneamente durante décadas.
El estandarte del Ejército de los Andes era una insignia reglamentada por el gobierno central el 1 de agosto de 1816, lo que descarta por completo la versión romántica que atribuía su confección a una iniciativa espontánea de las Patricias Mendocinas pocos días antes de la ceremonia.
Tras la bendición de la bandera de las entonces Provincias Unidas y del bastón de mando del Capitán General, se efectuaron las salvas reglamentarias de 21 cañonazos por parte de las tropas allí formadas. Luego, en la Plaza Mayor, el gran capitán colocó su bastón en la mano de la imagen de Nuestra Señora del Carmen de Cuyo, proclamada Patrona del Ejército de los Andes. El gesto respondía a una tradición militar heredada y reglamentada.
Por la tarde, ya en el campo de instrucción -actual El Plumerillo- las tropas volvieron a formar para jurar formalmente la bandera nacional, completando así una ceremonia doble: religiosa, política y militar. Todo estaba normado. Nada fue casual.
9 de enero de 1817: el verdadero inicio de la campaña
Otro de los errores más persistentes de la historiografía fue fijar el inicio del cruce de los Andes el 18 de enero. La documentación demuestra que la campaña comenzó el 9 de enero de 1817, de manera escalonada y cuidadosamente planificada.
Ese día partió la primera columna, al mando del teniente coronel Juan Manuel Cabot, con destino a San Juan. Su misión era asegurar rutas, distraer al enemigo y preparar el terreno para el avance general. Dos días después partió desde el fuerte de San Carlos el teniente coronel Lemus por el camino sobre el paso del Portillo. El 14 de enero salió la columna del teniente coronel Ramón Freire hacia el sur, cruzando por el paso del Planchón.
Desde La Rioja, el comandante Francisco Zelada marchó hacia el paso de Come Caballos. El 18 de enero partió la división de vanguardia al mando del coronel Juan Gregorio de Las Heras, con más de 600 hombres, rumbo a Uspallata por el camino principal a Chile. Al día siguiente, se inició el avance del grueso del ejército, por el comandante José Antonio Melián por el camino de los Patos, seguido por el capitán Luis Beltrán.
En los días posteriores marcharon las divisiones de Rudecindo Alvarado, Bernardo O'Higgins, Mariano Necochea, Zapiola y la artillería pesada a las órdenes de Pedro Regalado de la Plaza. El 25 de enero, el jefe del Ejército Libertador José de San Martín partió con su Estado Mayor. Para el 2 de febrero, el grueso del Ejército de los Andes ya había cruzado la cordillera.
Una maquinaria perfectamente planificada
Nada fue improvisado. El ganado había sido distribuido previamente en estancias estratégicas; las raciones estaban calculadas con precisión: carne vacuna, charque, harina de maíz, fiambres, aguardiente, ajos y cebollas para combatir el mal de altura.
Se estudió el ciclo lunar con gran interés; las columnas marcharon de noche para cruzar el límite cordillerano aprovechando la luz de la luna llena el 1 y 2 de febrero. Aun así, el cruce fue brutal. El frío nocturno y la altura provocaron enfermedades y muertes, pero la planificación permitió que el ejército llegara cohesionado y en condiciones de combatir.
La verdad detrás del mito
La llegada el 9 de febrero a San Felipe en Chile de las columnas principales y la victoria de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, no fue fruto del azar ni de la improvisación. Fue el resultado de órdenes reservadas, ceremonias reglamentadas y una partida cuidadosamente escalonada.
Desmontar el mito no destruye al héroe. Lo devuelve a su verdadera dimensión histórica: la de un Capitán General que supo obedecer un plan secreto, perfeccionarlo Durante décadas, una parte de la historiografía argentina repitió un relato rígido, casi dogmático, sobre el cruce de los Andes. Cualquier pieza documental inédita era descartada sin análisis. Inclusive hace pocos años, un militar y aficionado a la historia llegó a negar estos nuevos aportes históricos descalificándonos como "chatarreros de la historia", sin advertir que aquello que despreciaba eran una gran cantidad de documentos oficiales, conservados en archivos públicos del país y del extranjero, que por supuesto nunca consultó.
Pero estas notas, lejos de disminuir la figura de José de San Martín, permiten comprenderla mejor. Revelan una campaña planificada desde el poder central, discutida, resistida y finalmente ejecutada con una precisión admirable. Tres momentos resultan claves para entenderlo y pulverizar el mito sanmartiniano que ronda desde hace más de cien años: las órdenes reservadas del Directorio, la ceremonia del 5 de enero de 1817 y el verdadero inicio del cruce de los Andes, el 9 de enero.
Las órdenes reservadas: cuando el plan salió de Buenos Aires
Tras la declaración de la independencia el 9 de julio de 1816, el gobierno de las Provincias Unidas del Sud enfrentaba un panorama delicado. Escaseaban los recursos, persistían los conflictos internos y el poder realista seguía siendo fuerte en Chile y, sobre todo, en el Perú. La idea de llevar la guerra al otro lado de la cordillera no generaba consenso dentro del Directorio. Por el contrario, despertaba desconfianza y temor que incluía también al Libertador.
Ese contexto explica el carácter estrictamente secreto de las instrucciones que el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón decidió enviar al entonces Capitán General José de San Martín, jefe del Ejército de los Andes. No se trataba de una carta política ni de simples sugerencias estratégicas, sino de un documento formal de 16 fojas y 59 artículos, divididos en tres ramas: guerra, gobierno y hacienda.
Redactadas por Pueyrredón junto al ministro de Guerra Juan Florencio Terrada, el secretario Vicente López y Planes y el ministro de Hacienda José Domingo Trillo, estas instrucciones fijaban con claridad qué debía hacerse, cómo y con qué límites. El plan no nacía en Mendoza: se ejecutaba allí.
En el ramo de guerra, las órdenes establecían que el objetivo central era la consolidación de la independencia sudamericana y la liberación de Chile, descartando cualquier idea de conquista u ocupación permanente. Esa premisa debía ser difundida mediante proclamas, confidentes y agentes secretos. El ejército debía inspirar confianza, evitar saqueos y mantener una conducta ejemplar.
Uno de los aspectos más reveladores era la recomendación expresa de evitar combates innecesarios, privilegiando la guerra de recursos y desgaste. La fuerza proveniente de las Provincias Unidas debía conservarse intacta y no dispersarse en acciones menores. El combate decisivo solo debía darse cuando las condiciones fueran favorables.
Las instrucciones también ordenaban mantener una línea permanente de comunicación con Mendoza, construir fortificaciones de campaña, proteger los depósitos de guerra y utilizar activamente el espionaje para fomentar la deserción entre las tropas realistas, compuestas en gran parte por americanos.
En el plano político, el Directorio advertía sobre el riesgo de una guerra civil en Chile tras la victoria. Carreristas y larrainistas dividían el escenario, y cualquier paso en falso podía echar por tierra la campaña. Por ello, se ordenaba respetar costumbres, religión y jerarquías sociales, captar al clero -especialmente a los curas párrocos- y garantizar que el gobierno del país liberado fuera ejercido por un ciudadano chileno, no por autoridades de Buenos Aires.
En materia económica, las órdenes eran contundentes: Chile debía reembolsar a las Provincias Unidas dos millones de pesos por los gastos de la campaña, pagaderos anualmente en la Tesorería de Mendoza. La libertad, dejaban claro, también tenía un costo. Con estas instrucciones en mano, San Martín ya no actuaba por intuición ni iniciativa personal. Actuaba como ejecutor de un plan cuidadosamente diseñado.
Diciembre de 1816: la llegada del correo extraordinario
A fines de diciembre de 1816, un correo extraordinario partió desde Buenos Aires rumbo a Mendoza. En plena siesta mendocina, el jinete llegó al edificio del correo junto a la Plaza Mayor. Traía una valija de cuero cargada de documentos "reservadísimos".
El administrador del correo, Juan de la Cruz Vargas -amigo personal de San Martín- comprendió de inmediato la importancia del envío y decidió llevarlo él mismo hasta el campo de instrucción del Ejército de los Andes. En su cuartel general, San Martín abrió los sobres y leyó detenidamente cada foja. Desde ese momento, la campaña dejó de ser una aspiración para convertirse en una orden oficial del Estado revolucionario.
5 de enero: la ceremonia y el mito
Pocos días después, Mendoza fue escenario de una ceremonia que la historiografía tradicional deformó durante más de un siglo. El domingo 5 de enero de 1817, las tropas del Ejército de los Andes se concentraron en la calle de la Cañada -actual Ituzaingó- entre el templo de la Iglesia Matriz y el convento de San Francisco.
Lejos de tratarse de un acto improvisado o de una iniciativa personal del jefe del Ejército de los Andes, la ceremonia estaba prevista en las ordenanzas militares para la creación y salida en campaña de un ejército regular. El propio Capitán General había comunicado al gobernador intendente de Cuyo, brigadier Toribio de Luzuriaga, la realización del acto, y este emitió el correspondiente bando convocando a la población.
Las casas fueron blanqueadas, adornadas con gallardetes, y se levantaron arcos florales. Las campanas repicaron en todos los templos. En la Iglesia Matriz se bendijo la bandera nacional, creada por decreto del Congreso de Tucumán en octubre de 1816. Este punto es fundamental: no se juró la bandera de los Andes, como se afirmó erróneamente durante décadas.
El estandarte del Ejército de los Andes era una insignia reglamentada por el gobierno central el 1 de agosto de 1816, lo que descarta por completo la versión romántica que atribuía su confección a una iniciativa espontánea de las Patricias Mendocinas pocos días antes de la ceremonia.
Tras la bendición de la bandera de las entonces Provincias Unidas y del bastón de mando del Capitán General, se efectuaron las salvas reglamentarias de 21 cañonazos por parte de las tropas allí formadas. Luego, en la Plaza Mayor, el gran capitán colocó su bastón en la mano de la imagen de Nuestra Señora del Carmen de Cuyo, proclamada Patrona del Ejército de los Andes. El gesto respondía a una tradición militar heredada y reglamentada.
Por la tarde, ya en el campo de instrucción -actual El Plumerillo- las tropas volvieron a formar para jurar formalmente la bandera nacional, completando así una ceremonia doble: religiosa, política y militar. Todo estaba normado. Nada fue casual.
9 de enero de 1817: el verdadero inicio de la campaña
Otro de los errores más persistentes de la historiografía fue fijar el inicio del cruce de los Andes el 18 de enero. La documentación demuestra que la campaña comenzó el 9 de enero de 1817, de manera escalonada y cuidadosamente planificada.
Ese día partió la primera columna, al mando del teniente coronel Juan Manuel Cabot, con destino a San Juan. Su misión era asegurar rutas, distraer al enemigo y preparar el terreno para el avance general. Dos días después partió desde el fuerte de San Carlos el teniente coronel Lemus por el camino sobre el paso del Portillo. El 14 de enero salió la columna del teniente coronel Ramón Freire hacia el sur, cruzando por el paso del Planchón.
Desde La Rioja, el comandante Francisco Zelada marchó hacia el paso de Come Caballos. El 18 de enero partió la división de vanguardia al mando del coronel Juan Gregorio de Las Heras, con más de 600 hombres, rumbo a Uspallata por el camino principal a Chile. Al día siguiente, se inició el avance del grueso del ejército, por el comandante José Antonio Melián por el camino de los Patos, seguido por el capitán Luis Beltrán.
En los días posteriores marcharon las divisiones de Rudecindo Alvarado, Bernardo O'Higgins, Mariano Necochea, Zapiola y la artillería pesada a las órdenes de Pedro Regalado de la Plaza. El 25 de enero, el jefe del Ejército Libertador José de San Martín partió con su Estado Mayor. Para el 2 de febrero, el grueso del Ejército de los Andes ya había cruzado la cordillera.
Una maquinaria perfectamente planificada
Nada fue improvisado. El ganado había sido distribuido previamente en estancias estratégicas; las raciones estaban calculadas con precisión: carne vacuna, charque, harina de maíz, fiambres, aguardiente, ajos y cebollas para combatir el mal de altura.
Se estudió el ciclo lunar con gran interés; las columnas marcharon de noche para cruzar el límite cordillerano aprovechando la luz de la luna llena el 1 y 2 de febrero. Aun así, el cruce fue brutal. El frío nocturno y la altura provocaron enfermedades y muertes, pero la planificación permitió que el ejército llegara cohesionado y en condiciones de combatir.
La verdad detrás del mito
La llegada el 9 de febrero a San Felipe en Chile de las columnas principales y la victoria de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, no fue fruto del azar ni de la improvisación. Fue el resultado de órdenes reservadas, ceremonias reglamentadas y una partida cuidadosamente escalonada.
Desmontar el mito no destruye al héroe. Lo devuelve a su verdadera dimensión histórica: la de un Capitán General que supo obedecer un plan secreto, perfeccionarlo en el terreno y llevarlo al triunfo. Esa es la verdadera grandeza del cruce de los Andes. el terreno y llevarlo al triunfo. Esa es la verdadera grandeza del cruce de los Andes.
Fuente: Ciudadano.news