La arquitecta Natalia Mahr atravesó un cáncer de mama hace cuatro años. En Conversaciones no secretas contó cómo la enfermedad modificó su relación con el tiempo, sus hijos, los amigos, el trabajo y aquellas cosas que antes podían esperar.
“Soy una nueva yo”.
Natalia Mahr eligió esas palabras para explicar en Conversaciones no secretas qué ocurrió después de atravesar una experiencia que modificó profundamente su manera de mirar la vida.
Arquitecta desde hace 23 años, Mahr contó durante la entrevista que hace cuatro años tuvo cáncer de mama. Actualmente, explicó, está sana, continúa medicada y transita un tratamiento cuyo proceso se extenderá durante diez años.
Pero hay algo que no volvió a ser como antes: su relación con el tiempo.
“Antes sentía que uno tiene el tiempo del mundo para todo, que la vida es eterna, que sos joven, que no se termina”, recordó.
Hasta que llegó lo que ella misma definió como “un cachetazo de realidad”.
Cuando el tiempo dejó de parecer infinito
Mahr habló de la enfermedad sin convertirla en el centro absoluto de su identidad. Lo que aparece una y otra vez en su relato es aquello que vino después.
Cambió el orden de las prioridades.
“Estas cuestiones te hacen ver que el ser humano es finito”, sostuvo.
Los hijos, los amigos, un café, una salida o un viaje adquirieron otro valor. También desapareció parte de aquella costumbre tan humana de dejar para después aquello que no parece urgente.
Contó que antes podía rechazar una invitación porque estaba cansada o porque tenía trabajo pendiente. Ahora, cuando una amiga propone tomar un café, intenta que el encuentro suceda.
“Sí, vamos. ¿Cuándo?”, ejemplificó.
Lo mismo ocurre cuando sus antiguos compañeros hablan de organizar una reunión.
“Pongamos fecha. Dale, nos vemos mañana.”
La enseñanza parece sencilla hasta que llega el momento de aplicarla: para que algo ocurra, alguna vez hay que dejar de decir “algún día”.
Las etiquetas en la heladera
Hubo un momento de la entrevista en el que la conversación abandonó cualquier abstracción.
Cuando recibió el diagnóstico, Mahr pensó en sus hijos y en qué ocurriría si ella ya no estuviera.
Entonces apareció una preocupación doméstica, diminuta y brutal.
Pensó en etiquetar los estantes de la heladera para que sus hijos pudieran encontrar las cosas.
“Es una cosa que me surgió en la cabeza en ese momento”, recordó.
También pensó en escribirles cartas.
Su reacción, sin embargo, terminó concentrándose en otra pregunta: qué debía hacer para permanecer.
“¿Qué tengo que hacer para seguir? Tengo que tomar el remedio, tengo que hacer gimnasia, tengo que cambiar mi forma de pensar”, relató.
Cuatro años después, esa búsqueda continúa, pero desde otro lugar.
“Priorizar la vida”
Durante la conversación, Ginés le preguntó qué aprendizaje de aquella experiencia podría transmitir a alguien que no hubiese atravesado una enfermedad.
La respuesta de Mahr fue breve:
“Priorizar la vida.”
Y enseguida explicó qué significa para ella.
“La vida. Lo que te pasa a diario. Cualquier cosa, sea buena, mala”, señaló.
No plantea que atravesar una enfermedad sea necesario para llegar a esa conclusión. De hecho, durante la entrevista ambos coincidieron en algo bastante elemental y, por suerte, sensato: mejor aprenderlo sin tener que pasar por aquello.
Aprender, viajar y seguir haciendo planes
La nueva relación de Mahr con el tiempo tampoco significa vivir pensando permanentemente en la muerte.
Al contrario.
Después de la enfermedad aparecieron nuevos objetivos.
Se acercó a la inteligencia artificial, realizó cursos, buscó mejorar profesionalmente y continúa encontrando cosas que quiere aprender. También hay un deseo que ocupa un lugar especial: viajar.
Pero no sola.
“Me gusta viajar con mi marido, con mi familia, con mis hijos. Me gusta compartirlo con alguien”, contó.
Para ella viajar significa conocer, mirar, tocar, recorrer y absorber aquello que encuentra. Puede tratarse de Japón, donde ya estuvo, o de un sitio cercano que todavía no conoce.
El destino parece importar menos que la experiencia compartida.
Una vida que ya no se posterga
En Conversaciones no secretas, Mahr también reconoció que el miedo no desaparece completamente.
“Siempre puede volver el miedo. Está ahí”, dijo.
Pero atravesarlo modificó incluso su relación con él.
“A la vez que uno tiene miedo de que eso pase, cuando te pasa algo así dejás de tenerle miedo de que eso pase.”
No dejó de tener proyectos. Más bien ocurrió lo contrario.
“Cada vez tengo más objetivos y nuevos objetivos”, aseguró.
Tal vez ahí esté el cambio más profundo de aquella “nueva yo” que presentó al comienzo de la entrevista. No se trata de haber descubierto una fórmula para vivir después de una enfermedad, sino de haber dejado de considerar garantizado aquello que antes parecía abundante.
El tiempo.


