Durante años se habló de “personalidades múltiples” y el cine convirtió el fenómeno en terreno fértil para asesinos, posesiones y personajes extremos. La realidad es menos espectacular y bastante más perturbadora. El trastorno de identidad disociativo puede hacer que una persona experimente diferentes estados de identidad, vacíos en su memoria y una profunda desconexión con partes de su propia historia. No son varias personas viviendo dentro de un cuerpo: es una misma persona cuya identidad dejó de funcionar como una unidad.

Hay algo que casi nunca ponemos en duda: somos la misma persona que ayer. Podemos cambiar de opinión, comportarnos distinto según el lugar, arrepentirnos de una decisión o descubrir aspectos propios que desconocíamos, pero existe una continuidad que mantiene todo unido. Los recuerdos, las emociones y las experiencias forman una historia que reconocemos como nuestra.

Para algunas personas, esa continuidad puede quebrarse.

La psiquiatría conoce este fenómeno como disociación. En sus manifestaciones más severas puede aparecer el trastorno de identidad disociativo (TID), antiguamente denominado trastorno de personalidad múltiple. El cambio de nombre no fue un capricho del lenguaje médico: modificó profundamente la manera de comprender qué ocurre dentro de esa mente.

No se trata necesariamente de imaginar varias personas completas disputándose un mismo cuerpo. Se trata de una identidad fragmentada, en la que distintos estados pueden acceder de manera diferente a recuerdos, emociones, pensamientos y formas de relacionarse con el mundo.

Y eso cambia bastante la película que nos vendieron durante décadas.

Cuando una parte de la historia deja de sentirse propia

Todos tenemos contradicciones. Podemos ser seguros en el trabajo y vulnerables en nuestra casa, adultos frente a nuestros hijos y sentirnos nuevamente pequeños frente a nuestros padres. Podemos incluso sorprendernos de nuestras propias reacciones.

Eso no es tener una identidad fragmentada. Es ser humano, una actividad ya suficientemente complicada sin agregarle diagnósticos.

En los trastornos disociativos existe algo diferente: puede producirse una desconexión involuntaria entre la memoria, las emociones, la percepción, el comportamiento y el propio sentido de identidad. En determinados casos aparecen lagunas de memoria que exceden ampliamente el olvido cotidiano. Una persona puede no recordar acontecimientos de su vida, conversaciones, acciones o períodos determinados. �

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También puede experimentar la sensación de observarse desde afuera, de no reconocerse completamente en determinadas acciones o de percibir el mundo como algo distante o irreal. En el TID, además, pueden presentarse dos o más estados diferenciados de identidad acompañados por modificaciones en la conducta, el pensamiento y la memoria. �

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Desde afuera puede parecer que alguien simplemente cambió de humor. Desde adentro, la experiencia puede ser muchísimo más profunda.

Puede cambiar la forma de hablar, de reaccionar o de vincularse. Determinados recuerdos pueden estar disponibles en un estado y resultar inaccesibles en otro. Algunas personas son conscientes de esas transiciones; otras descubren lo sucedido a partir de lo que les cuentan quienes estuvieron con ellas.

Por eso reducirlo a “tener varias personalidades” termina siendo engañoso. No estamos frente a un exceso de personalidad, sino frente a una ruptura de la continuidad que normalmente nos permite experimentar todas nuestras partes como integrantes de un mismo yo. La propia Asociación Estadounidense de Psiquiatría enfatiza que esos estados diferentes siguen siendo manifestaciones de una sola persona. �

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Fragmentarse para sobrevivir

Una de las cuestiones más difíciles de comprender es por qué una mente podría llegar a funcionar de esa manera. Los trastornos disociativos están frecuentemente asociados a experiencias traumáticas y, en el caso del TID, existe una fuerte relación con experiencias abrumadoras y abusos durante la infancia. �

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La disociación puede funcionar inicialmente como un mecanismo para soportar aquello que resulta demasiado doloroso para procesar.

Un niño sometido a una experiencia extrema no siempre puede escapar del lugar donde ocurre, enfrentar al adulto que lo lastima o comprender siquiera qué está sucediendo. Pero su mente puede generar distancia respecto de aquello que está viviendo. La experiencia ocurre, pero puede sentirse como si le estuviera pasando a otro; el recuerdo existe, pero puede quedar separado de determinadas emociones o de la conciencia habitual. �

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Aquello que en determinado momento pudo funcionar como una manera de sobrevivir puede convertirse después en una enorme dificultad para vivir.

Y allí cambia completamente la forma de mirar a una persona fragmentada.

No es una mente que decidió inventarse personajes. Tampoco es alguien interpretando papeles voluntariamente. Las transiciones características del TID son involuntarias y pueden provocar un sufrimiento considerable y problemas en la vida cotidiana, las relaciones o el trabajo. �

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El cine nos enseñó otra cosa

La cultura popular encontró algo irresistible en la idea de varias identidades dentro de una persona. Una identidad amable, otra violenta, otra infantil. Una desconocía lo que hacía la siguiente y, tarde o temprano, aparecía la peligrosa.

Funcionaba perfecto para un thriller.

El problema aparece cuando una herramienta narrativa termina convirtiéndose en nuestra única referencia sobre un trastorno real.

Una persona con TID no es automáticamente violenta, ni cada estado de identidad representa una personalidad secreta esperando tomar el control para hacer algo terrible. Su realidad puede ser mucho menos visible: perder fragmentos de tiempo, encontrar dificultades para reconstruir determinados recuerdos, experimentar cambios que no eligió o convivir con una sensación profundamente inestable acerca de quién es.

El espectáculo está en la ficción. En la vida real suele haber sufrimiento.

Y también tratamiento.

La psicoterapia constituye el principal abordaje de los trastornos disociativos. El objetivo es trabajar sobre las causas y los síntomas, desarrollar herramientas para afrontar situaciones de estrés y avanzar sobre las experiencias traumáticas de manera segura. No existe una pastilla capaz de “unificar personalidades”; los medicamentos pueden utilizarse para otros síntomas o trastornos asociados, pero el trabajo central es psicoterapéutico. �

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¿Cuántas versiones de nosotros mismos somos?

Quizás el trastorno de identidad disociativo nos resulte tan fascinante porque toca una pregunta que excede a la psiquiatría.

¿Qué es exactamente aquello que llamamos “yo”?

Somos nuestros recuerdos, pero olvidamos. Somos nuestra personalidad, pero cambiamos. Somos nuestras decisiones, aunque algunas veces podemos mirarlas años después y preguntarnos cómo fuimos capaces de tomarlas.

La diferencia es que normalmente existe un hilo que conecta todas esas versiones. Podemos reconocer al adolescente que fuimos aunque ya no pensemos como él. Podemos recordar una experiencia dolorosa y saber que nos ocurrió a nosotros. Podemos asumir una acción de la que nos arrepentimos porque, aunque preferiríamos no haberla realizado, sabemos que fuimos nosotros.

La disociación profunda puede cortar partes de ese hilo.

Por eso quizá “personalidad múltiple” haya sido siempre una expresión seductora pero equivocada. Sugiere que dentro de alguien sobran personas cuando el verdadero problema está en otro lugar: partes de una misma identidad dejaron de encontrarse entre sí.

Y ahí está probablemente lo más inquietante del fenómeno. No hace falta imaginar a veinte personas encerradas dentro de una cabeza para comprender su dimensión.

Alcanza con pensar qué pasaría si una mañana descubriéramos que existe una parte de nuestra propia historia que nos pertenece, pero que nuestra mente ya no puede reconocer completamente como nuestra.

Porque una identidad fragmentada no habla de muchas vidas dentro de una persona.

**Habla de una sola vida que, para poder continuar, alguna vez necesitó dividirse.**