Cada 12 de junio se conmemora el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Aunque los números muestran avances en algunos países, millones de niños siguen trabajando en condiciones que vulneran sus derechos. En Salta, una de las provincias con mayores índices de pobreza del país, la problemática continúa siendo una deuda pendiente.

 

Mientras millones de chicos deberían estar en la escuela, jugando o construyendo proyectos de vida, una parte importante de la infancia mundial sigue trabajando para sobrevivir. Este 12 de junio, en el Día Mundial contra la Explotación Laboral Infantil, la realidad vuelve a golpear con fuerza: el trabajo infantil no desapareció. Cambió de forma, se volvió más invisible y, en muchos casos, se naturalizó.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) y UNICEF estiman que actualmente 138 millones de niños y adolescentes trabajan en todo el mundo. De ellos, 54 millones realizan tareas consideradas peligrosas para su salud, seguridad o desarrollo. Detrás de cada cifra hay una historia de vulneración, abandono y desigualdad.

El trabajo infantil no es solamente un problema económico. Es una violación directa de los derechos humanos. Implica niños que abandonan la escuela, que pierden oportunidades de desarrollo y que muchas veces quedan atrapados en círculos de pobreza que se repiten de generación en generación.

Argentina: una realidad que persiste

En Argentina, la legislación prohíbe el trabajo de menores de 16 años. Sin embargo, los datos muestran que el problema sigue presente. Según información difundida por la OIT, uno de cada diez niños de entre 5 y 15 años realiza algún tipo de actividad laboral. En las zonas rurales, la cifra prácticamente se duplica.

Las tareas suelen desarrollarse en actividades agrícolas, comercios familiares, trabajos domésticos, cuidado de personas, elaboración de productos para la venta o tareas vinculadas al sector informal de la economía. Muchas veces son actividades invisibilizadas porque ocurren dentro del ámbito familiar o porque se justifican bajo el argumento de la «ayuda».

Los especialistas advierten que las crisis económicas, la pobreza y la falta de empleo formal para los adultos generan las condiciones propicias para que los niños terminen incorporándose prematuramente al mundo laboral.

Salta: pobreza, ruralidad y una alerta permanente

Aunque no existen estadísticas provinciales recientes específicas sobre trabajo infantil, distintos informes nacionales ubican al NOA entre las regiones más afectadas por esta problemática. La combinación de pobreza estructural, trabajo rural, informalidad y dificultades de acceso a oportunidades educativas genera un escenario de especial vulnerabilidad.

En Salta, la situación adquiere características particulares. Las zonas rurales, las comunidades alejadas de los grandes centros urbanos y los contextos de mayor precariedad económica suelen ser los espacios donde aparecen con más frecuencia situaciones vinculadas al trabajo infantil.

Detrás de cada niño que cosecha, vende productos en la calle, cuida animales o realiza tareas para sostener la economía familiar existe una responsabilidad colectiva que no puede recaer únicamente sobre las familias. La explotación laboral infantil es, en gran medida, la consecuencia visible de otras desigualdades más profundas.

Una deuda que sigue abierta

El lema impulsado por la OIT para este 2026 es «Tarjeta roja al trabajo infantil: juego limpio para niños, trabajo decente para adultos». La consigna apunta al corazón del problema: cuando los adultos tienen empleo digno, ingresos suficientes y protección social, disminuyen las posibilidades de que los niños deban trabajar.

La erradicación del trabajo infantil no depende únicamente de controles o sanciones. Requiere políticas públicas sostenidas, educación de calidad, protección social, acceso a la salud y oportunidades reales para las familias.

Porque ningún niño debería cambiar un cuaderno por una herramienta de trabajo.

Porque ninguna necesidad económica puede justificar que una infancia sea sacrificada.

Y porque una sociedad que se acostumbra a ver niños trabajando corre el riesgo de olvidar que la infancia no es una etapa para producir, sino para crecer.