A casi seis meses del inicio de la guerra con Estados Unidos e Israel, la economía iraní acumula inflación, pérdida de empleos y un fuerte deterioro del poder adquisitivo. Mientras Washington prepara una nueva ofensiva económica y Teherán apuesta a resistir, millones de iraníes reducen alimentos, medicamentos y hasta actividades de sus hijos para llegar a fin de mes.

Las guerras suelen explicarse con mapas, misiles, objetivos militares, sanciones y declaraciones de líderes que jamás tendrán que decidir entre comprar carne o pagar una cuenta. Pero en Irán, después de casi seis meses de conflicto con Estados Unidos e Israel, la guerra también puede medirse de una manera mucho más sencilla: cada vez entran menos cosas en la bolsa del supermercado.

En Teherán los comercios continúan abastecidos. El problema es otro: buena parte de la población tiene cada vez menos dinero para comprar.

El deterioro económico combina las consecuencias directas del conflicto con años de sanciones internacionales. El bloqueo naval dificulta además las exportaciones de petróleo, una de las principales fuentes de ingresos del país.

El resultado empieza a atravesar prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana.

Trabajar 15 horas y seguir recortando gastos

Ahmad Karimi tiene 52 años, es taxista y padre de dos hijos. Según contó a Associated Press, trabaja jornadas de hasta 15 horas y también los fines de semana.

Aun así, su familia comenzó a eliminar consumos.

Primero fueron actividades recreativas. Después frutas. Luego proteínas.

“Prácticamente hemos renunciado a muchas cosas”, resumió.

Su historia permite entender bastante mejor la crisis que cualquier gráfico macroeconómico. Porque la moneda iraní perdió alrededor de la mitad de su valor respecto de hace un año y alimentos básicos registraron aumentos considerables.

En el Gran Bazar de Teherán, el arroz cuesta alrededor de 60% más que antes de la guerra, mientras que el precio de la carne vacuna aumentó aproximadamente 150%.

Una madre iraní contó que gastó unos 89 millones de riales, alrededor de 65 dólares, comprando leche, huevos, papel higiénico y algunos productos básicos. Ni siquiera había carne entre las compras.

Pero también describió algo que ninguna estadística puede medir demasiado bien: el desgaste de tener que decirles permanentemente “no” a sus hijos.

Una economía que podría caer más del 5%

Las perspectivas tampoco ofrecen demasiado alivio.

De acuerdo con las proyecciones citadas por Associated Press, la inflación iraní podría acercarse al 70% hacia finales de 2026, mientras la economía podría contraerse más de un 5%.

El desempleo oficial se ubica en el 9,1%, aunque existen fuertes cuestionamientos sobre cuánto representa realmente esa cifra.

Un funcionario del Ministerio de Trabajo iraní aseguró que, apenas tres meses después del comienzo de la guerra, ya se habían perdido más de un millón de puestos de trabajo.

Incluso uno de los pocos gastos que todavía permanece fuertemente contenido podría convertirse en otro problema: el combustible.

Irán mantiene la gasolina subsidiada, pero actualmente estaría consumiendo más de lo que produce. Una eventual suba no sería políticamente inocua: aumentos anteriores del combustible ya desencadenaron importantes protestas.

Trump quiere apretar todavía más

Mientras la población ajusta su consumo, Washington apuesta precisamente a profundizar esa presión.

Donald Trump anunció una nueva ofensiva económica contra Irán y amenazó con imponer sanciones secundarias contra países y compañías que continúen haciendo negocios con Teherán.

El golpe ya comenzó a sentirse.

Emiratos Árabes Unidos suspendió sus relaciones comerciales con Irán, cerrando una vía que durante años había permitido a Teherán acceder a productos y sortear parcialmente las sanciones internacionales.

Estados Unidos apuesta a que el deterioro económico obligue al régimen iraní a realizar concesiones.

El problema para Washington es que Irán lleva décadas aprendiendo a sobrevivir bajo sanciones.

El país desarrolló producción interna, redes comerciales informales, operaciones mediante terceros Estados y mecanismos alternativos para continuar exportando petróleo. Esa capacidad no evita que la población se empobrezca, pero sí puede permitir que el régimen aguante bastante más tiempo del que sus adversarios esperan.

Resistir no significa vivir bien

Ahí aparece una de las paradojas más brutales del conflicto.

Que un Estado pueda resistir económicamente una guerra no significa que su población pueda hacerlo sin pagar un costo enorme.

El régimen iraní, además, llega a esta etapa después de fuertes protestas internas y una dura represión. El descontento económico existía antes de que comenzaran los ataques y ahora convive con el rechazo que parte de la sociedad siente hacia Estados Unidos e Israel por las sanciones y los bombardeos.

Eso vuelve mucho más complejo el escenario.

El sufrimiento económico no necesariamente se traduce en una rebelión contra el gobierno. Una sociedad puede cuestionar profundamente a sus dirigentes y, al mismo tiempo, rechazar a quienes atacan su país desde afuera.

Mientras tanto, la Guardia Revolucionaria mantiene una posición dura y busca obtener mayores concesiones antes de aceptar un acuerdo que termine con la guerra.

Cuando “resistir” significa apenas sobrevivir

En los grandes tableros geopolíticos, Irán todavía puede resistir.

Puede intentar sortear sanciones, negociar el control del estrecho de Ormuz, amenazar el tránsito energético internacional y utilizar su posición estratégica para conseguir mejores condiciones.

Estados Unidos también puede endurecer el bloqueo, ampliar sanciones y tratar de llevar económicamente al régimen contra las cuerdas.

Pero ninguno de esos movimientos ocurre en el vacío.

En algún punto de Teherán hay un taxista trabajando 15 horas. Hay una madre eliminando productos del changuito. Hay familias dejando actividades de sus hijos porque simplemente ya no pueden pagarlas.

Y allí aparece una diferencia que la palabra resistencia suele esconder.

Los gobiernos deciden cuánto están dispuestos a resistir. Las sociedades, muchas veces, simplemente tienen que soportarlo.

Karimi lo explicó sin necesidad de geopolítica, estrategias militares ni discursos: “La gente no va a poder seguir viviendo así”.

Quizás esa sea la descripción más precisa de la situación iraní.

No se trata todavía de dejar de existir. Se trata de una sociedad obligada a reducir su vida, gasto por gasto, hasta convertirla prácticamente en supervivencia.